Llovía en Cabrera

Llovía en Cabrera

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Mientras miraba el mar desde el balcón donde amaneció un domingo y el sol no se despertó, pensaba sobre las cosas que había vivido en los últimos meses. El recordar se sentía como ver una película desde afuera, donde no se reconocía, donde veía una persona que no era. El momento en que la vida le hizo olvidar quien era para regresarla con mas fuerza, quizás lo doloroso del proceso había valido la pena, claro… siempre y cuando de nuevo no se perdiera.

Hay algo en la naturaleza que te lleva a pensar, cosas que van desde la inmortalidad del cangrejo hasta la insoportable levedad del ser, o cuestionar desde el color del esmalte de uñas hasta las mas importantes decisiones tomadas, y en ambas situaciones la duda es válida.

¿Quiénes somos para cuestionar las decisiones de los demás, y entonces pretender que es injusto cuando cuestionan las nuestras?

He aprendido a no juzgar las decisiones de vida de los demás. Nada es al azar, nada nos trae o nos lleva a un lugar sin un motivo particular. Todo lo que somos, todas nuestras experiencias, la forma en la que nos criaron, las personas que nos acompañaron, las lecciones aprendidas, todo esto está con nosotros cuando tomamos un camino, cuando decidimos por quien, y para que apostar y cuando entendemos que lo principal es encontrar de alguna manera, sin hacer daño a los demás, nuestra propia felicidad. Porque la felicidad es de uno, para uno y por uno. Es individualista, es personalista y de la misma manera que nadie puede vivir tu vida, nadie puede vivir tu felicidad.

En algún momento entendimos que debíamos vivir de acuerdo a preceptos de terceros, lineamientos sociales o credos ajenos, y justo en ese momento comenzamos a perdernos. Y aunque para volver hay que irse, no hay nada mas difícil que encontrarse una vez que nos hemos perdido. Y nos perdemos en el día a día, en el trabajo, en las responsabilidades , en las preocupaciones y en otras personas.

Alguien una vez me dijo que el perdón mas difícil es el que nos damos a nosotros mismos, y sin lugar a dudas tenia razón. No hay sensación mas grande de libertad. Quizás comparada con la libertad de saber que nuestras decisiones son nuestras y la certeza de que en el momento en el que comenzamos a respetar a los demás y sus circunstancias, aprendemos a aceptarnos más a nosotros mismos y las nuestras. Justo ahí somos más felices, tenemos más paz.

Entonces de Nuevo volví a los últimos meses y volví al café. Y volví al paisaje que tenia frente a mi y a pensar en las cosas locas que le vienen a uno a la cabeza, simplemente porque llovía en Cabrera.

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